El cuerpo de la pubertad
De pronto, cualquiera puede opinar sin filtro sobre cómo está cambiando tu cuerpo. Es el momento en que la percepción externa se convierte, sin permiso, en la narrativa central de nuestras vidas. La mirada ajena empieza a tener más peso que la propia.

Por Rocío Contreras Á, Kinesióloga y Rara de la Clase

Cómo me dijeron que estaba cambiando “bien”, pero no demasiado

La pubertad es una etapa de grandes transformaciones para todas las personas, pero especialmente para nosotras, las mujeres. Es cuando más cambiamos, crecemos en estatura, ganamos peso, nuestro cuerpo empieza a parecerse al de una adulta. Y ni hablar de los cambios mentales que, aunque no abordaré aquí, también son parte de este proceso complejo.
Hoy quiero concentrarme en el cuerpo.

Durante esta etapa, nuestros cuerpos experimentan múltiples cambios, aumenta la talla, cambia la composición corporal, aparecen los caracteres sexuales secundarios. Pero en la pubertad no solo cambia el cuerpo, cambia también la forma en que los demás lo miran.
Y esa mirada empieza a pesar.

De pronto, cualquiera puede opinar sin filtro sobre cómo está cambiando tu cuerpo. Es el momento en que la percepción externa se convierte, sin permiso, en la narrativa central de nuestras vidas. La mirada ajena empieza a tener más peso que la propia. Y eso no es menor.

Cuando vuelvo a esa etapa y la pienso desde hoy, adulta, siento que si esta experiencia no estuviera atravesada por la vigilancia social —si la gente simplemente entendiera que opinar sobre el cuerpo de las niñas está mal— todo sería distinto. Bastaría con que se preocuparan de que estuviéramos creciendo sanas y felices. Solo eso ya sería un gran paso para fomentar la confianza, la autoestima y las posibilidades de futuro de tantas niñas.
Pero claro, no fue así. Al menos no para mí y para muchas mujeres que conozco.

Viajar a esos años me hace recordar varias cosas. Siempre fui una niña sana, activa, y lo que se considera "normal" en las curvas de crecimiento. Mi cuerpo no fue tema, hasta que lo fue.
Todo cambió con la llegada de la menarquia.
Si bien tuve información sobre la menstruación, me hubiese gustado que me hablaran de toda la etapa de la pubertad como un proceso integral. Pero bueno, al menos algo supe. Lo que no supe fue que, desde ese momento, mi cuerpo pasaría a estar bajo estricta observación.

Me dijeron que ya no crecería más en estatura, que ahora solo crecería "para los lados". Y que eso no debía pasar. Que tenía que mantener un peso "adecuado" si quería verme bien, ser bonita, tener “un buen cuerpo”. Ahí comenzó un estado de hipervigilancia sobre lo que comía, los horarios, lo que estaba permitido y lo que no. Y también lo que se podía comer, pero "bajo tu propio riesgo", como si fuera veneno.

Empecé a conocer un nuevo vocabulario: alimentos buenos, malos, sanos, chatarra, pecados. Palabras que se instalan en la cabeza como un virus difícil de erradicar.
Vale aclarar, era una niña delgada. Pero para mi mamá y algunas tías, estaba en esa talla “justa”, esa en la que no se puede modificar nada. A lo sumo solo crecer en estatura. Era un rango muy estrecho, dictado por los estándares de belleza del momento y por las mujeres de la familia que tenían “buen cuerpo”: las delgadas, las altas, las que no “se desbordaban”. A eso debía aspirar. Como si se pudiera controlar cómo iba a desarrollarse un cuerpo en plena adolescencia.

Recuerdo lo agotador que fue ese control. Aprender que no era hambre de “verdad” (como si existiera la de mentira), que mejor esperar un poco más para comer. Que solo podías comer si tenías mucha hambre. Que había cosas ricas que ya no podías disfrutar porque “engordan”.
Ahí fue cuando perdí el placer de comer. Desde entonces, nunca volvió a ser lo mismo.

Conocí la culpa, la vergüenza, la insuficiencia.
Lo que antes fue mi cuerpo, ese que me permitía correr, trepar, explorar el mundo, ahora parecía ser propiedad de otros. Otros que opinaban sin pedirme permiso y me decían cómo debía ser.
Mi cuerpo se fragmentó. Algunas partes eran “buenas”, otras “mejorables”, otras directamente “vergonzosas”. Algunas había que arreglarlas. Otras, esconderlas.

Mi cuerpo ya no se sentía mío. Se volvió ajeno. Dejaron de gustarme ciertas partes, no porque yo lo sintiera así, sino porque alguien más lo dijo. Y eso se me quedó grabado para siempre. Y lo seguí escuchando, no solo en mi familia, también en la televisión, las revistas, la publicidad.
En todos lados aparecía ese “cuerpo ideal” al que debía parecerme, y que por supuesto yo no tenía.
No importaba que estuviera sana, ni que mi crecimiento fuera normal. Mi cuerpo ya no era ese lugar confiable donde habitaba. Pasó a ser incierto, incómodo.
Un cuerpo en el que no podía confiar porque nunca iba a ser lo suficientemente bueno.

La pubertad ya es una etapa difícil y compleja. Muchas niñas la transitan con escasa —o nula— información. ¿Por qué hacerla aún más difícil? ¿Por qué seguir entregándoles el mensaje de que su cuerpo no es suficiente, que hay que mantenerlo bajo control?

¿Por qué no ocuparnos de que crezcan sanas, fuertes, felices?
¿Por qué no fomentar su autoestima, su confianza, su capacidad de habitar sus cuerpos con orgullo, en lugar de reforzar la idea de que lo único valioso en ellas es su apariencia?

Eso es cruel.
Cruel que el valor de una niña dependa de cómo la vean los demás.
Cruel que sus deseos, sus intereses, sus sueños, no importen si no están envueltos en el envoltorio correcto. Cruel que se nos enseñe, desde tan pequeñas, a desconfiar de nuestros propios cuerpos.

Yo elijo imaginar otra forma de crecer.
Una en la que las niñas crezcan libres de estos mandatos. Donde sientan su cuerpo como suyo, como un lugar seguro y confiable. Como ese espacio capaz de llevarlas a donde ellas quieran.
Y para eso, nos tendrán a nosotras.
Para que ninguna niña crezca creyendo que su cuerpo no es suficiente.