Por Ana Cadillo, Nutrióloga y Rara de la Clase
Yo recuerdo que cuando era niña vivíamos con el deseo de crecer, esa idea que nos vendieron de crecer era increíble, ya no era necesario pedir permiso para hacer lo que quisiéramos, podíamos tomar nuestras propias decisiones y tener la libertad que siempre quisimos, ser adulta sonaba increíble.
Y ser adulta si es increíble, pero no nos cuentan toda la historia y llegamos a esta etapa sin saber lo que de verdad significa la adultez. Esa libertad que siempre quisimos viene acompañada de responsabilidades (pequeño detalle) y de cambios y presiones que antes no teníamos, pero hay una en específico que nos pega duro pero casi no mencionamos.
La cultura allá afuera te va a pedir que crezcas, que ya no seas una niña, pero después, te va a juzgar por verte más vieja, porque cuando vamos creciendo, vamos aprendiendo que el
“buen” cuerpo es ese que no cambia, sobre todo si ya eres adulta, ese cuerpo que permanece igual, firme, sin marcas, joven. Nos damos cuenta de que lo ideal es “mantenerse”, como si el paso del tiempo fuera algo que hay que combatir y no algo que forma parte de la vida.
Y aquí es donde me pregunto, ¿Realmente es natural esperar que sigamos siendo las mismas para siempre? Y es que, si te lo preguntas bien y analizamos esto a profundidad, ¿por qué querríamos permanecer igual si nosotras no somos las mismas? La mujer que somos cuando somos adultas no piensa, siente ni prioriza de la misma manera que aquella que fuimos en a la adolescencia, ¿Entonces porque queremos que nuestro cuerpo siga contando la misma historia?
Cuando somos adultas nos enfrentamos a todos estos cambios que el cuerpo va teniendo de manera evidente, y no se diga si hablamos de embarazo, el cuerpo cambia de forma, de tamaño, la energía, las prioridades. De repente la imagen que vemos en el espejo no coincide con la que nos enseñaron a desear. Y tenemos como nuevo inquilino en nuestros pensamientos a ese miedo de perder el cuerpo de “chavas”.
Pero ese miedo no nace porque haya algo malo en nosotras, nace porque aprendimos a valorar más la apariencia que la experiencia. Se nos repitió que el cuerpo joven es el cuerpo “correcto”, y que cualquier cambio que venga después es una señal de que algo dejamos de hacer bien, pero la verdad es que nuestro cuerpo no cambia porque fallamos, cambia porque vivimos. La realidad es que los cuerpos adultos no son un error, son un proceso. La piel que se estira y marca, las caderas que se ensanchan, el metabolismo que funciona distinto, no son señales de descuido, son señales de vida. Y si además pasamos por un embarazo, el cuerpo demuestra una capacidad de adaptación increíble: crea, sostiene y alimento. Lo que la cultura llama “perdida” es, en realidad, una transformación llena de propósito.
Pero, aunque entendamos todo esto y comencemos a amar la historia que nuestro cuerpo cuenta, es normal que nos cueste aceptarlo, esto es porque vivimos rodeadas de imágenes que glorifican lo estático: fotografías retocadas, filtros, productos que te prometen hacer magia y “detener el tiempo”. Teniendo todo eso allá afuera mirar nuestro reflejo y ver una versión muy diferente puede ser desafiante. Una cosa que me gusta dejar claro es que aceptar ese reflejo no significa no hacer nada para sentirnos bien en cualquier sentido, solo es un camino con más calma, para dejar de pelear con la naturaleza misma del cuerpo y empezar a verlo con otros ojos, incluso a cuidarlo con otros ojos. Y verla diferente, sin tanta presión, significa reconocer que cada etapa tiene su belleza y que nuestro valor no depende de la talla, la firmeza o la ausencia de marcas. Significa también darnos permiso de envejecer, crecer, maternar o simplemente cambiar sin sentir que tenemos que justificarlo.
Y es que al final nuestro cuerpo no cambia por que fallamos, cambia por que vivimos. Cambia porque hemos reído, llorado, amado, trabajado, descansado, creado vínculos, tomado decisiones, y en muchos casos, traído vida al mundo, y cada cambio es una huella de que estamos aquí, de que hemos pasado por experiencias que nos hicieron más completas, no menos.
Habitar la adultez y, para muchas, la maternidad, necesita ese cambio de enfoque (o lentes como diría yo), de dejar de mirar al cuerpo como una máquina que debe funcionar intacta y empezar a verlo como un compañero que nos ha traído hasta aquí. Uno que merece descanso, alimento, cuidado y gratitud, no una guerra constante por querer cambiarlo. La vida en realidad no nos pide que permanezcamos iguales, al contrario, la naturaleza nos invita a evolucionar, y cada marca, cada cambio y cada etapa son prueba de que seguimos avanzando. Yo pienso, que quizá lo más valioso que podemos hacer por nosotras mismas es dejar de pelear con el espejo y empezar a construir una relación más bonita y amable con él. Porque el cuerpo adulto, el cuerpo que ha gestado, el cuerpo que ha cambiado, no es un “antes y después”, es nuestra historia, y merecemos habitarla sin culpa.
