Por Ana Cadillo, Nutrióloga y Rara de la Clase
Si hay algo que estoy odiando de los tiempos actuales es esa falsa idea que nos quieren hacer creer que tenemos que hacerlo solas. Vivimos en un mundo que constantemente nos dice que tenemos que poder con todo, que, si trabajas lo suficiente, si te esfuerzas más, si “te enfocas en ti”, entonces todo va a salirte bien. Nos repiten una y otra vez que el éxito, la felicidad y hasta la paz mental dependen únicamente del esfuerzo individual.
Y es que si, se sabe que cuidar de nosotras mismas es importante, pero hay algo que muchas veces olvidamos: no estamos hechas para hacerlo todo solas.
La sociedad actual en la que vivimos nos ha hecho creer que pedir ayuda es signo de debilidad, que depender de alguien nos resta valor, o que si no podemos más entonces “algo estamos haciendo mal”. Pero la verdad es que la vida no está diseñada para vivirse en solitario. Somos seres profundamente sociales, y parte de nuestro bienestar también nace de sentirnos acompañadas, vistas y sostenidas.
En un sistema que se alimenta del “yo”, cuidar a otras personas se convierte en un acto de resistencia. La amistad (esa que va más allá del like, del mensaje rápido o de la reunión cada seis meses) es un espacio de honestidad y presencia que desafía directamente la lógica capitalista del “cada quien por su lado”
Cuando una amiga te escucha sin juzgar, cuando te acompaña en tu tristeza sin intentar “arreglarte”, cuando te recuerda que no tienes que ser productiva para merecer descanso o cariño… ahí hay una forma de amor que va contra la corriente. Esa complicidad, esa red invisible que se teje entre personas que se eligen y se cuidan, es una manera de decirle al mundo: no, no voy a cargar con todo sola.
Esa idea que nos quieren vender de autosuficiencia podría sonar hasta inspirador, pero la verdad es que muchas veces solo refuerza la soledad. Nos hace creer que, si no podemos más, el problema está en nosotras y no en el ritmo imposible que el sistema impone. Esto nos lleva entonces a que cuando estamos cansadas, tristes o desbordadas, en lugar de buscar apoyo, nos encerramos. Es cuando pensamos “es que no quiero molestar” o “no quiero ser una carga”, pero la verdad es que no hay nada más humano que necesitar de otras personas.
Cuando compartimos lo que nos duele, cuando alguien nos ofrece cuidado, cuando nos acompañamos en los procesos (los bonitos y los no tan bonitos), algo se aligera. No porque el problema ya no exista, sino porque deja de ser solo nuestro. Ese es el poder de la comunidad: repartir el peso.
Cuidarnos entre nosotras, sostenernos, construir espacios donde se puede ser sin miedo ni exigencias, es una forma de resistencia. En un mundo que te quiere ocupada, comparándote, agotada y desconectada, cuidar y dejarte cuidar se vuelve un acto radical. Claro que tampoco se trata de romantizar la amistad ni de esperar que sea perfecta, se sabe que las relaciones humanas son complejas y requieren trabajo, peeero si tenemos que reconocer ese poder que tiene, tanto político como emocional.
Las redes de apoyo (por ejemplo, esa amiga que te lleva comida cuando estás enferma, o la vecina que te cuida al gato, etc.) son recordatorios de que otra forma de vivir es posible, una donde la vida no se mide en productividad, sino en vínculos y cuidado mutuo.
Resistir a este mundo individualistas y capitalista no se tiene que ver siempre como una lucha, a veces se puede ver como un grupo de amigas cocinando juntas, celebrando los logros de las demás sin envidias, escuchándose sin prisa. Construir comunidad es volver a mirar al otro, y saber que están para ti como tu para ellos.
Quizá el verdadero cambio o revolución comienza con esos gestos cotidianos que sostienen la esperanza, y que lamentablemente poco a poco vamos olvidando, esa risa compartida después de un día difícil, ese ¿Cómo estas, de verdad? Porque cuando nos elegimos unas a otras, cuando entendemos que el bienestar no se construye en soledad, estamos desafiando al sistema que nos quiere desconectadas, solas, dudosas, con miedo. Y ahí, en medio de esa red de apoyo que poco a poco construimos, esta la semilla de un mundo más humano.
