La amistad, una puerta que se abre hacia otros mundos
La amistad es ese vínculo que se cree simple, que parece darse solo o que se entrega fácilmente. O, por el contrario, algo muy complejo: que no cualquiera puede llamarse amiga, que es una relación profunda, a veces incluso más que la familia, porque ha sido elegida.

Por Rocío Contreras Á, Kinesióloga y Rara de la Clase

Cuando le pregunto a mis cercanas qué significa en sus vidas la amistad —e incluso cuando me lo pregunto a mí misma— obtengo distintas respuestas.

La amistad es ese vínculo que se cree simple, que parece darse solo o que se entrega fácilmente. O, por el contrario, algo muy complejo: que no cualquiera puede llamarse amiga, que es una relación profunda, a veces incluso más que la familia, porque ha sido elegida. Y en esa elección hay algo que va más allá de compartir gustos o intereses. Para algunas la amistad no es un extra, es la forma que tenemos de existir juntas cuando el mundo nos dice que estemos solas.

Hoy, donde quiera que miremos, nos están vendiendo que vale más el “yo” que el “nosotras”. Nos lo dicen en todos lados: “sé autosuficiente”, “sé productiva”, “no dependas de nadie”, “sé exitosa”. El “yoísmo” está por todos lados, hasta debajo de las piedras aparece el anuncio de que todo está en ti.

Y esto puede sonar motivador, pero detrás de esa idea se esconde un profundo individualismo que nos deja mirándonos solo a nosotras mismas. Por ese camino nos quedamos sin tiempo, sin ganas, sin energía y sin oídos para escuchar a otras personas que viven realidades que ni imaginamos. Y ahí es donde entra la amistad, no como un lugar cómodo, sino como una puerta que se abre para que entre lo que no conozco.

Cuando elegimos atravesarnos con alguien que piensa, come, ama o trabaja distinto, dejamos que su mundo nos desacomode. Y ese desacuerdo no es una piedra en el zapato, es una manera distinta de vivir la vida. Mirar por los ojos de la otra nos enseña que lo que creíamos “normal” (mis horarios, mis miedos, mi forma de querer, de ver el mundo) es solo una versión entre miles. Así, la amistad se vuelve una forma de resistencia. Nos amplía la caja de herramientas que ningún manual nos entregó

Pero también hay que cuidar los límites. Abrir nuestros mundos no significa dejar que nos rompan el alma, significa poder entrar y salir del mundo de la otra sin perder el propio. Ya que, hay diferencias que nos enriquecen (la amiga que me enseña que mi valor no radica en mi apariencia, la que me muestra cómo cocinar con lo que hay, la que me cuenta cómo sobrevivió a la violencia de su casa) y hay diferencias que nos desgastan (la que me pide que calle para no “armar lio”, la que me usa de escudo para sus propias mentiras). Aprender a distinguirlas es parte del oficio de vivir bien juntas.

Por eso cuando todo se tambalea —la economía, la fe, los proyectos, el ánimo—, muchas veces son las amigas quienes nos sostienen. No desde el deber, sino desde la elección. Hoy tejer amistades que no se parecen a nosotras es una forma de ampliar el mundo. Es decirle al sistema: “No nos vamos a aislar, no vamos a competir, porque no somos competencia, no nos vamos a dejar convencer de que la otra es la enemiga”.

Porque, al final, la amistad es un lugar donde el mundo no se arregla con palabras mágicas, donde no se tienen todas las soluciones, ni los cinco pasos a seguir. Es un lugar donde nuestra existencia se hace más habitable. Un mundo donde cabemos todas, donde el bienestar de una es condición para el bienestar de la otra. La amistad es un hilo invisible que, cuando todo se deshilacha, nos vuelve a tejer.