Por Paola Cervantes, Nutrióloga y Rara de la Clase
Desde niña siempre tuve mascotas, pero dos han sido especialmente significativas en mi vida: Bob y Tany.
Bob fue el primer perro que adopté siendo adulta e independiente. Desde el primer momento hubo un flechazo: un amor enorme que quienes nos rodeaban no terminaban de entender. Algunos le llaman “perrhijo”, pero ese término nunca me convenció. Hoy, al reflexionar sobre la amistad, me parece mucho más acertado hablar de él como mi amigo.
Bob tenía un carácter único: inteligente y retador, pero al mismo tiempo cariñoso e incondicional. Cuando murió, pensé que jamás volvería a tener una relación así con otro perro. Pero Tany me demostró lo contrario y, con su forma de ser, se ganó de lleno mi corazón.
Y es que sí: aunque los animales no hablen nuestro idioma, podemos entendernos, acompañarnos y ser amigos. La amistad es, al fin y al cabo, esa relación de cuidado mutuo en la que compartimos actividades, moldea nuestra forma de ser y ayuda a nuestro bienestar.
No sabía cómo nombrar esa conexión con Bob y Tany, pero ahora me gusta pensarla como una amistad entre especies: una relación en la que nos queremos, nos cuidamos y disfrutamos de estar juntos. Además, reconozco cuánto me han enseñado mis amigos perrunos sobre amor, cercanía y acompañamiento.
Quien haya tenido un animal de compañía sabe que cada uno tiene su forma de ser, de sentir y de comunicarse. Reconocer esto abre nuestra mirada hacia los demás seres con los que compartimos el planeta.
Vivimos en una cultura que, desde el capitalismo, suele ver la naturaleza como un recurso material, algo “útil” para la vida humana. Pero, ¿y si pensáramos en una relación distinta? Una en la que podamos ser también amigos de la naturaleza: reconocer que su presencia nos hace bien e interesarnos por su bienestar más allá de lo que pueda aportarnos.
No se trata de volvernos perfectos ni de cumplir reglas estrictas. No necesariamente hablo de ser vegetarianos, aunque sí de ser más empáticos con el impacto que nuestro estilo de vida tiene sobre otros seres vivos y sus ecosistemas.
Porque, al final, cuidar de ellos no solo garantiza nuestra propia supervivencia: es también una forma de reconocer que su bienestar nos importa por sí mismo. Igual que un animal de compañía requiere compromiso, también somos responsables de cómo nuestras acciones afectan a todos los demás habitantes de este planeta.
Vista así, la amistad no solo transforma nuestra vida personal y cotidiana. Puede ser también una fuerza poderosa que nos ayude a vivir mejor, juntos, humanos y no humanos, en este mundo compartido.
