La más Bella del Reino
Es ahí donde vi que las mujeres, para ser aceptadas, amadas y elegidas, debían ser bellas. Esa cualidad era lo más importante. Debías perseguir esa belleza haciendo todo lo posible por obtenerla, sin importar las consecuencias que derivaran de eso.

Por Rocío Contreras Á, Kinesióloga y Rara de la Clase

“Espejito, espejito, tan solo dime una cosa, ¿quién es en este reino la más hermosa?”

¿Quién no podría recordar esta frase? Si vives en Latinoamérica como yo, de seguro la escuchaste en la película Blancanieves de Disney, y en sus muchos remakes. Esta película la vi siendo muy pequeña y fue mi primer acercamiento a ese concepto llamado “belleza”.

Es ahí donde vi que las mujeres, para ser aceptadas, amadas y elegidas, debían ser bellas. Esa cualidad era lo más importante. Debías perseguir esa belleza haciendo todo lo posible por obtenerla, sin importar las consecuencias que derivaran de eso.

“Cual carmín sus labios son, cabello negro de ébano y cual nieve su piel es.”

¿Cuántas mujeres quedan fuera de esa descripción solo por el color de piel? Muchísimas. Y es así como nos van moldeando, desde pequeñas, sobre cómo se “debe ver” la belleza.

Si me remonto a mi niñez y adolescencia, la belleza siempre estuvo presente. Era algo a lo que debía aspirar, que cuando fuera grande debía verme como las chicas que salían en televisión o en las revistas. Delgadas, altas, blancas, con rasgos finos y armónicos, siempre sonrientes, alegres, amables, gentiles, con la piel perfecta, el cabello brillante, largo, liso o con discretas ondas. Mujeres que no se parecían a las de mi familia ni a ninguna que conociera en persona.

Al principio no me importaba, pero mientras crecía, la presión iba aumentando: las miradas, el control, y los innecesarios comentarios pasivo-agresivos como:
“oye, no salió tan fea la niña”...
“ojalá no se eche a perder con la adolescencia”...
“contrólale la comida”...
“que no vaya a subir de peso”...
“ojalá no se parezca a la prima…”
“y que sea alta, pero no mucho, lo justo”...
“cuídale la piel de las espinillas para que no se vea fea”...
“ah, pero salió pecosa, ya se le manchó la carita”...
“por suerte no salió tan peluda”...

Y un sinfín de otros comentarios que todos terminaban en: “esto te lo decimos porque te queremos”. Eso que llamamos amor, pero del que duele. Porque esos comentarios no son tan fáciles de olvidar.

En la batalla por la belleza, todo vale. Si no, no tendríamos frases tan emblemáticas como “para ser bella hay que ver estrellas”. Esto es en alusión a todo el sacrificio, el dolor y la incomodidad que estamos dispuestas a aceptar con tal de ser bellas. El precio es altísimo, y eso es algo que he visto en mi práctica profesional. He visto mujeres perder su salud física, mental e incluso su vida tratando de alcanzar estos ideales.

Con mucha tristeza rememoro a una chica muy joven que se realizó una cirugía bariátrica con la finalidad de ser “bonita”, es decir, ser aceptada y querida, y que lamentablemente falleció intentando perseguir ese ideal.

Como la de ella, muchas otras historias de mujeres que deseaban encontrar pareja o ser amadas optaban por tratamientos que les prometían ese anhelado momento de aceptación. Y eso es solo un momento, ya que muchas cirugías, intervenciones y tratamientos son momentáneos, tienen efectos secundarios o no resultan como se esperaba. Y lo digo con conocimiento de causa: más de alguna vez me tocó ver un postoperatorio que se “complicó”, y la frustración, el arrepentimiento y la tristeza en esas mujeres era enorme.

“Ay, pero nadie te obliga.”
“Nadie las obligó, ahora que se aguanten.”

¿¡Por qué $%#% siempre nos tenemos que aguantar!?

Todo nos tenemos que aguantar. Y, de verdad: ¿nadie las obligó?

Déjame contarte brevemente quiénes nos persuaden a la hora de perseguir la belleza. Pues es un cóctel tóxico cuyos ingredientes son: racismo, colonialismo, las industrias cosmética, de la moda, publicitaria, redes sociales, dieta, fitness, farmacéutica, entre otras, que ganan millones con nuestras inseguridades. ¿Entonces será solo ocurrencia nuestra? Pues parece que no.

Si tuviera que definir la belleza a la que debemos aspirar, para mí es como un corsé que nos ponen desde niñas. Al principio no aprieta tanto, para que no nos sea tan incómodo y no nos demos cuenta. Pero luego se va ajustando lentamente con el paso de los años, con cada comentario hacia nuestros cuerpos, con cada dieta, con cada mandato del deber ser.

Es un dispositivo de control que está hecho para moldear el cuerpo de las mujeres, dañar nuestros órganos, dejarnos sin aliento, sin fuerzas. Nos somete a un dolor constante de no ser suficientes. Nos oprime física y simbólicamente. No nos mata inmediatamente, sino que el daño es progresivo, mientras la víctima (o sea, nosotras) sigue funcionando en sociedad, aparentando que todo está bien.

Con cada cinta que ajustamos sacrificamos nuestra salud, nuestra autoestima, nuestro tiempo, nuestro bienestar. La Belleza (el corsé) encarna esa presión constante, esa deformación forzada para cumplir con expectativas externas. Y el daño que causa pasa inadvertido, a la vez que se nos vende como algo "necesario" o, peor aún, "deseable". Porque esa es la idea: que parezca que tú lo quisiste. Que es tu elección.

¿Entonces sigo los mandatos porque quiero o porque, si no lo hago, voy a ser rechazada y excluida?

La Belleza, como la conocemos, es una de las muchas herramientas de control y opresión que se ejercen sobre nuestros cuerpos. Nos exige sacrificar nuestra comodidad, salud, autoestima, confianza, entre otras. Nos mantiene ocupadas, distraídas, obedientes, para que no queramos rebelarnos y rechazar sus mandatos.

Perseguir la belleza es una carrera perdida, una zanahoria imposible de alcanzar. Y esa es la idea: que ninguna lo logre, pero que todas creamos que tenemos alguna posibilidad. Es una carrera en la cual no hay vencedoras, pero sí mucho daño colateral.

Para algunas puede ser más fácil escapar de los mandatos de la belleza, para otras no tanto. Algunas los siguen porque se sienten valoradas, aceptadas, y otras lo hacen para sobrevivir.

Y como casi ninguna de nosotras se queda fuera de esta carrera en la que nos inscribieron sin siquiera pedirlo o saberlo, ya que estamos aquí… si puedes elegir, hazlo con conciencia.

Qué tanto puedes tranzar y qué tanto no. Analiza los pros y los contras y ve con qué te sientes más cómoda. Porque al final, es tu vida. Y no puedo decirte qué puedes o no hacer.

Al final, todas somos tan libres de escoger como nuestras vidas nos permitan hacerlo.